¿Hemos olvidado la capacidad de disfrutar?

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Todos buscamos ser felices, pero nuestro estilo de vida fomenta la competición y persecución constante de objetivos, incluso en el tiempo libre. ¿Hemos perdido la capacidad de disfrutar de los placeres sin otro fin que el de pasárnoslo bien?
Todos buscamos ser felices, pero nuestro estilo de vida fomenta la competición y persecución constante de objetivos, incluso en el tiempo libre. ¿Hemos perdido la capacidad de disfrutar de los placeres sin otro fin que el de pasárnoslo bien?

En 2015, el Gobierno japonés anunció su intención de “tomar medidas drásticas acerca de las vacaciones de los ciudadanos” de su país. Al leer el titular de la noticia, muchos pensamos que los políticos asiáticos habían decidido limitar el tiempo de ocio de los nipones. Pero, sorprendentemente, se trataba de lo contrario: las medidas se tomaban para obligar a los trabajadores a usar al menos cinco de sus días de asueto. Ese mismo año, una encuesta del Ministerio de Salud y Trabajo japonés había descubierto que sus ciudadanos no llegaban a cogerse ni la mitad de sus vacaciones pagadas.

El ejemplo de la adicción al trabajo en Japón es solo un síntoma más de un fenómeno preocupante: la pérdida progresiva de hedonismo. Desde los trabajos de la antropóloga estadounidense Ruth Benedict en la primera mitad del siglo XX, muchos expertos han dividido las sociedades del planeta según su propensión a potenciar la responsabilidad o la despreocupación. Había culturas que fomentaban que sus miembros actuaran siempre en función de objetivos. Y había otras que favorecían a las personas que vivían para el placer y la diversión. A las primeras se las denominaba “apolíneas”, y a las segundas, “dionisíacas”. Poco a poco, este segundo ambiente cultural está desapareciendo. Incluso el sur de Europa, tradicionalmente dionisíaco, está adquiriendo un carácter más bien apolíneo.

Incluso nuestro tiempo de ocio persigue objetivos

Se fomentan, cada vez más, la competitividad, el perfeccionismo, la medición del éxito vital en función de los logros y el prestigio social. Incluso las actividades de expansión sirven, también, para alcanzar metas. Vamos al gimnasio para esculpir el cuerpo, comemos para alimentarnos de forma correcta y sin excesos, aprendemos técnicas sexuales para mejorar nuestra vida erótico-afectiva, salimos para alternar con posibles clientes… Nuestra cultura no fomenta que hagamos actividades porque sí, sin otro fin que el de pasárnoslo bien.

Tendemos a pensar que disfrutar resulta muy fácil. Pero lo cierto es que el “hedonismo inteligente” –experimentar un placer continuo y profundo en diversas actividades que no tengan objetivos concretos– requiere preparar la mente para ello. Si no le dedicamos tiempo a cultivar la psique hedonista, perderemos la capacidad de gozar que nos define como personas. El placer es uno de esos fenómenos humanos que no parece importante porque siempre ha estado ahí. Pero, si lo perdemos, lo echaremos de menos. Y de nada servirán los edictos de los gobiernos para obligarnos a disfrutar.